Tenía 12 años, pero recuerdo aquel 6 de diciembre de 1978 perfectamente. Ese día acompañé a mi abuela a votar al cine Bayer. Para mí era una experiencia insólita, casi una aventura; pero para mi abuela también. Ella estaba un poco entre temerosa y esperanzada. España se democratizaba y los ciudadanos iban a tener una Carta Magna que recogiese sus derechos y libertades. ¡Qué bien sonaba la palabra libertad!
Pero la Constitución de 1978 significó mucho más que esa apertura. Era la constatación de que España quería disfrutar de una soberanía nacional que diese al pueblo la palabra. Quería conseguir una paz duradera donde las familias pudiesen vivir sin miedo, donde la cultura y los avances sociales que se producían en todo el mundo nos inundasen. Donde la economía creciese y nos situase en el mismo nivel que el resto de países de nuestro entorno. España quería ser una gran nación. Sin enfrentamientos, con una división de poderes que garantizara la igualdad y la justicia. Con un Estado definido y fuerte, que no solo nos permitiese salir de la dictadura, sino que se midiese en igualdad de condiciones con el resto de Europa. Con un sistema político que permitiese al pueblo expresarse en libertad en las Cortes para dictar las leyes que necesitase. Otra vez la palabra libertad.
Conseguir este texto no fue sencillo, sino el fruto de un sentir general de políticos que sabían que en sus manos se encontraba el futuro de millones de españoles y de las generaciones futuras. Entre esos políticos Benicàssim tuvo el orgullo de tener dos de sus vecinos en esas Cortes Constituyentes, D. Joaquín Farnós Gauchía, senador por UCD y Dña. Palmira Pla Pechovierto, diputada por el PSOE. Ambos, importantes defensores de nuestra tierra y nuestra gente.
Ahora celebramos le cuadragésimo aniversario de nuestra Constitución y, da la sensación de que han pasado rápido los años. Porque la paz y la tranquilidad hace que el tiempo transcurra ágil y sin sentir. Sin embargo nuestra Norma, la que establece el marco de convivencia de nuestras libertades, necesita que la sigamos mimando, cuidando, conociendo. En las manos de todos los españoles se encuentra su defensa ante cualquier agresión o peligro que la aceche. La Constitución no fue un regalo, sino un instrumento sobre el que construir el futuro y nuestro presente. Somos ahora nosotros quienes debemos mantener viva la llama de la concordia, la protección de nuestros derechos y libertades y la defensa de una España plural, unida y fuerte.